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"El 13 de abril de 1799, durante una
terrible travesía, la carabela del corsario Joachim
el vasco es prisionera de un ciclón a lo largo del
Caribe.
Las
olas gigantescas se abaten sobre el buque, echandolo de un
lado a otro, a veces se encuentra arriba de una de esas olas,
a veces se encuentra abajo, perdido en el abismo, y luego
el barco vuelve a subir arremolinandose como un tapón
de corcho.
Ya en la cala,
el agua llega a la cintura de los marineros. Joachim baja
aferrandose a todo lo que puede para que no se lo lleven las
enormes planchas que barren el barco.
Abajo los
marineros están agotados, sin ninguna reacción.
Los hombres renuncian a luchar.
Chorreando, Joachim surge en el entrepuente con un “xahakoa”
en las manos. Les acerca la cantimplora a su tripulación.
Todos beben de ella con lo que les queda de fuerza. El milagro
se produce de inmedíato. “¡Jeki! ¡Jeki!”
Gritan los hombres. Como locos, vuelven a sus puestos y luchan
con toda la rabia de la desesperación contra el ciclón...
De pronto el cabeceo y el balanceo cesan. El mar se calma
como por arte de magia, las tinieblas desaparecen del cielo...
Sobre el puente un marinero grita: “ ¡Tierra!
¡Tierra!!” ...
En plena tempestad
y pensando que todo estaba perdido, Joachim el vasco se acordó
de una vieja receta de su abuela. En su cantimplora de piel,
mezcló buen vino de Navarra, jarabe consistente de
frutas, y polvo de pimientos rojos de su lejano y querido
País Vasco.
Su abuela
decía que este brevage volvía a los hombres
más fuertes que el miedo, añadía riendose
que al díablo no le gustaban los piemientos vascos,
y tambíen contaba que volvía a los hombres y
a las mujeres más audaces en la cama, pero shut...
ella no quería que eso se supiera..."
Extracto de
“Recuerdos de un vasco buenhombre y corsario... de bayona
al Caribe entre 1799 y 1804"
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